Retazos del artículo de Manuel Alonso (testimonio personal)
La primera vez que tomé contacto con la depresión fue en 1.975. Yo era el director de una próspera empresa familiar y exportábamos a diversos países, entre ellos Francia. Acababa de hablar sin ningún problema con un cliente francés, el cual me había hecho un importante pedido y cuando colgué el teléfono me puse a llorar desconsoladamente. Tenía 40 años.
Desde entonces, y hasta hace muy poco tiempo, he estado en tratamiento médico, hasta el punto de que en 1993 fue motivo, junto con una cardiopatía, para darme la invalidez. Entonces aprendí que existen dos clases de depresiones: la exógena, provocada por fuertes adversidades que nos ocurren en la vida, y la endógena, que se lleva dentro y es genética. Yo tenía esta última.
Uno de los peores momentos lo sufría antes de despertarme, hacia las 5 o 6 de la madrugada. Sentía dentro de mi pecho una opresión física y una sensación de angustia y de temor. Intentaba serenarme y me preguntaba a mí mismo el motivo de aquello. Nada había cambiado en mi vida desde la noche anterior, que al acostarme lo había hecho con total normalidad y sin ningún tipo de problemas. Mi trabajo y mi vida familiar transcurrían con los problemas normales que no justificaban ese malestar.
Me sentía acobardado por el nuevo día que se me venía encima con un miedo inconcreto. Después, y durante el día, cualquier cosa que me ocurría, por pequeña que fuera, se me hacía una tragedia, “un mundo”, que me angustiaba. No tenía “respuesta defensiva” o “escudo” que me defendiera. Era como no tener piel. Mi mente estaba en carne viva.
Otro problema era la indecisión. Cualquier tema me sumergía en una lucha entre dos o más variantes, sin saber cual elegir primero. El tiempo se me iba sin decidir y la indecisión me atormentaba. Le tenía miedo a la vida. No tenía ilusión por nada. Comprendí el suicidio.
Tuve que empezar un tratamiento con fármacos, de forma que, durante mucho años “la pastilla” ha sido una forma de suavizar esta “angustia vital”.
Un día leí un libro sobre el budismo y tuve conocimiento de los “mantra”, letanías u oraciones que sirven para combatir actitudes negativas. Eran como canciones u oraciones que se repetían y repetían, como una cantinela o una retahíla. Como cuando se te mete en la cabeza una canción y la repites y repites, incluso de una manera inconsciente.
Como yo soy creyente, empecé con el mantra o retahíla del “padre nuestro”. Lo repetía y repetía machaconamente. Después lo amplié con frases personales de petición de ayuda, más tarde con trozos de Salmos que, previamente había seleccionado. Mi mantra o retahíla era realmente una oración. Hay trozos de Salmos que hablan de ayuda y consuelo. Creo que la oración tiene un buen efecto terapéutico.
Había días difíciles, mejor diría madrugadas, en que me costaba un enorme trabajo y concentración cambiar “mi pensamiento obsesivo-depresivo” por la oración. Pero insistiendo conseguí que el mantra se me clavara en la mente de forma que luego el subconsciente me lo devolvía en frases sueltas, en momentos inesperados, sin yo proponérmelo. Me solía suceder al empezar a despertarme. Entonces me agarraba a la frase que me había venido sin querer y la repetía y repetía, mecánicamente al principio, pensando luego en lo que decía, produciéndome una paz y un relax con el que fácilmente volvía a dormirme. Ese día lo pasaba sin crisis depresivas. .
Tengo dos tácticas más que me están ayudando actualmente, porque la depresión es como el alcoholismo. Un alcohólico lleve 10 años sin beber sigue siendo alcohólico. Yo aunque lleve unos años sin tomar pastillas, sigo siendo “depresivo” y tengo la depresión “agazapada” y dispuesta a saltar sobre mí al primer descuido.
Una de las tácticas es el ejercicio físico. Andar todos los días una hora y media o dos, a buen ritmo, con zancada rápida, paseando no vale. Al principio y durante unos 1000 mts despacio, calentando los músculos, luego ir aumentando el ritmo. Sudar es bueno, podría ser que el sudor elimine un poco la depresión, pero luego hay que tomar una bebida isotónica para recuperar los minerales perdidos.
Otro beneficio del ejercicio físico es la tensión. Hacer ejercicio me ayuda a bajar la tensión alta de forma natural. Si salgo a andar la bajo de 165 mm a 147 mm y si además hago bicicleta estática o gimnasia la consigo bajar hasta 134 mm o 127 mm.
Otra de las tácticas es hacer algo, tener ilusión por algo, una afición. Sea la que sea: huerta, bricolage, colecciones, leer, música, etc. La mía es escribir o leer en internet.
Tuve que aprender a usar un ordenador. El simple hecho de aprender es ya de por sí positivo, pero si además es aplicado a una persona de más de 65 años, que ya ha terminado su vida laboral, evita o previene otras enfermedades de la mente.
Hay muchas web pero yo empecé con una llamada “mayormente.com”. En ella se puede acceder a multitud de propuestas y de temas en los cuales puedes aportar tu opinión y discrepar o asentir con otras opiniones. También puedes recibir pps (power point) que a mi me enriquecen y entretienen.
Se pueden hacer y emprender muchas cosas en internet y con un ordenador, pero quizás lo más importante es la comunicación. El no estar sólo. El relacionarse con otros. El exponer lo que uno piensa y lo que uno opina con lo que ocurre en la vida diaria.
A los jubilados, que por desgracia tienen depresión, va dedicado este escrito. Pero estimo que aquellos que están en el punto de mira de la enfermedad, como son los futuros jubilados, pueden ir tomando medidas.
Septiembre de 2007